QUIZÁS

A veces no somos conscientes, pero el mundo gira con o sin nosotros. Quizás sea una sensación “natural”, quizás una de las tantas construcciones culturales con las que vivimos sin darnos cuenta de ello…la realidad es que nada se detiene en el universo. El mundo de los hombres, por muy importante que parezca o que así lo creamos, no deja de ser igual de importante que cualquier otro espacio vivo, no es único, no es mejor, es otro, igual que todos los demás.
Es muy probable que este énfasis que nosotros damos a nuestras vidas sea provocado por las emociones que sentimos. Claro está que no es indiferente el hecho de que nosotros lo hayamos creado, desarrollado y compartido. Es el mundo de los hombres, creado por y para nosotros. Pero quizás, y solo quizás, esto venga dado, al menos en parte por nuestra fuerza a la hora de sentir. Las emociones que somos capaces de sentir, la mayoría de las veces nos escapan a una lógica de vida, quizás no al conocimiento científico pero si a la cotidianidad, a lo que, según nuestro código de leyes cultural es correcto o incorrecto; bueno o malo; bonito o feo.
Quizás esas emociones sean el motor de la vida, lo que nos hace sentir vivos, ese fuego que sentimos muy adentro, amor, rabia, tristeza, felicidad, cariño, odio…no es la economía, no es el “bienestar”, no son las leyes ni es ningún dios…son las emociones. El ansia de vivir, de exprimir hasta la última gota de vida, de tiempo, ese es el motor del mundo de los hombres.
Objetivamente el mundo no se detiene, obviamente no, el sol volverá a salir cuando le toque más allá de nuestro estado de ánimo. Quizás, esa sea una realidad pero no la única. La percepción que cada uno de nosotros tiene de la vida es única al mismo tiempo que incierta, puesto que la certeza, siendo así, caería por la inercia de un mundo sin seguridades, sin verdades absolutas. El sol sale, pero no para todos calienta ni alumbra, mientras cualquier día de nieve puede convertirse en el más cálido del año. Digamos que todo depende de quién sienta y qué sienta y una emoción es cierta, quizás no visible o razonable, pero si cierta cuando el pecho se convierte en hoguera, cuando dicha emoción se apodera de tus latidos. No hay nada más fuerte que una emoción que quema por dentro.
Es increíble la fuerza que tiene el ser humano cuando siente ferozmente, cuando ama con fuerza y odia con coraje. Quizás, una vida llena de emociones fuertes sea la más correcta, o quizás esté equivocado, quizás nos haría más fuertes la indiferencia como modo de supervivencia de un mundo viciado (aquel de los hombres); quizás lo correcto sería adherirnos a la lógica del mundo “normal”, amar en la medida justa para ahorrarnos disgustos, para llevar una vida tranquila; no subir muy alto para evitar una caída dolorosa. Quizás deberíamos ceder el espacio que ocupan nuestros sueños, aquellos por lo que nos arde el pecho para así, encontrar más rápidamente nuestro “porvenir”…pero también y solo quizás, esa sea la mayor estupidez que podamos cometer en nuestra corta vida, renegar de la posibilidad de sentir con valentía mil veces para asegurarnos una vida tranquila.
La cuestión es que una vida tranquila, una vida segura, quizás sea sinónimo de una vida vacía, desperdiciada, olvidada, y eso, sin quizás, es lo que no estoy dispuesto a vivir. En esta ocasión doy pie a la reflexión ajena, como siempre, pero no a la mía, porque quizás, sea de las pocas cosas de las que estoy convencido. La seguridad que busco en la vida es la de proveerme de emociones. Quiero asegurarme de que no me falte nunca esa carga emocional que le da a la vida un color diferente, un sabor particular y un sonido…extraordinario. Quizás y solo quizás, a muchos de vosotros os pase algo parecido

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