Extranjeros

                       

A la memoria de Dolores…, 

trabajadora abnegada e infatigable,

                                                                                                                         hincando rodillas en el suelo,

                             como tantas mujeres de su generación. 

Para ella no había fiestas de guardar. 

                                                                                                                          Descanse en paz y en el recuerdo siempre.                                                                                                                                                                                                                     “Fui extranjero, y me acogisteis. (Mt 25,35)

                                            “Solo voy con mi pena,
sola va mi condena (…)

                                             Me dicen el clandestino
por no llevar papel.”

                                                                                                                                                                            (Manu Chao)

 

Dejan atrás su tierra y su gente, casa, hijos, en ocasiones muy pequeños, y llegan a un país extraño que, más de una vez, inquietantemente, mira con recelo al extranjero, como si nosotros, los de aquí, fuésemos puros y no una mezcla de todos los pueblos que, desde que el mundo es mundo, han vivido en este suelo; como si haber nacido en un país con sus problemas pero tranquilo, en general, y con buenas condiciones de vida – aunque no para todos –, fuese mérito nuestro y no una cuestión meramente azarosa.

Vienen de fuera para hacer trabajos que muchos rechazan y cobrar menos de lo que ganaría uno de aquí. Vienen, muchas veces, para vivir internas cuidando enfermos y librando, si acaso, un día en semana. Siendo tan jóvenes, gastan su tiempo en atender a personas mayores, levantándose un día y otro para ver a su alrededor el mismo panorama de enfermedad y desvalimiento, reducido a cuatro paredes y, a menudo, desolador; para sentir muy lejos a los suyos, para acostarse pensando qué hacen  aquí, al otro lado del mapa, en un lugar con costumbres muy distintas y otra manera de hablar.

Sumergidos en nuestra rutina diaria, no echamos cuentas de la vida tan dura que tienen los inmigrantes. Quizás se les entienda mejor solo si se tiene un corazón grande o si se ha vivido en el extranjero y sentido la nostalgia inmensa de la propia tierra.

No vienen por gusto. Huyen de la miseria. Buscan una vida digna, un futuro mejor para ellos y sus familias. Los trae hasta aquí la injusticia de este mundo, la pobreza de sus países, enfangados en corrupción y guerras. Volverán cuando ahorren un poco, pero nadie podrá indemnizarles las horas que no pasaron con sus hijos, no haberlos visto crecer ni decir las primeras palabras, ni dar los primeros pasos…

Los vemos como enemigos que vienen a meter la mano en nuestro plato, si llegan. Muchos se ahogan cuando viajan en pateras y, con ellos, las ilusiones que en una vida mejor tienen puestas. Se las lleva el mar para siempre entre sus olas, envueltas.

Debemos acogerlos y abrirles la puerta, regulando su entrada para no condenarlos a la marginación y a la pobreza. Pero ningún ser humano puede ser ilegal. ¿Quiénes nos hemos creído que somos para levantar muros como si el mundo nos perteneciera? Si todos somos pasajeros, peregrinos, inquilinos por poco tiempo en este planeta. Además, bien sabemos en España lo que es tener que irse fuera y no por gusto, precisamente. En Suiza, Francia, Alemania… se reunían los emigrantes españoles para mitigar la nostalgia, solo aliviada por cartas o llamadas, antes, mucho antes, de que existieran las videollamadas o el “WhatsApp”. Y aún hoy son muchos los que se ven obligados a marcharse por no encontrar trabajo en España.

Los que vienen son seres humanos que han corrido mala suerte en la rueda de la fortuna. Les ha tocado el papel más duro en este teatro calderoniano que es la vida. Lo ideal sería que solo saliéramos de nuestro país por gusto y no por necesidad. Por eso, es urgente una distribución justa de la riqueza y gobiernos que se preocupen por el bienestar de su gente. Pero, siendo realistas, eso no lo han de ver nuestros ojos porque el ser humano, capaz de grandes proezas, es también mezquino y cruel con sus semejantes con frecuencia. Peor que la escasez de recursos es la incompetencia de muchos gobernantes para buscar el bien de su gente. Falta voluntad política de afrontar los problemas en sus países de origen. Por eso vienen. Es verdad que la solución a la inmigración no es solo acoger inmigrantes ni enviar ayuda a organizaciones no gubernamentales, aunque, mientras la solución llega, si es que llega y la vemos, hay que echarles una mano. Ya que vienen, no les hagamos la vida imposible. Podía habernos tocado a nosotros estar en su lugar. Pongámonos en su piel. Imaginémosnos a miles de kilómetros, desarraigados, faltos de afecto, con la familia y los amigos lejos y la expectativa de varios años sin verlos. A ver si así se nos ablanda el corazón y hacemos algo por ellos. Todos podemos sentirnos extranjeros en algún momento y, de ser así, agradeceríamos encontrar cerca corazones y brazos abiertos. No los cerremos a quienes vienen de otros lugares en busca de pan y sueños. Que la mano tendida venza al miedo. ¡Qué menos que eso!

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