Estrella Morente despierta el duende en Zambra

    • La granadina respondió a las expectativas y se encumbró como la figura que es en la XXVII Noche Flamenca, que volvía tras un año de parón por la pandemia

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    Hay nombres que parecen predestinados a marcar o definir la vida de quienes responden a él. Los aficionados que acudieron el segundo sábado de julio a la XXVII Noche Flamenca de Zambra comprobaron que el de Estrella Morente es uno de ellos. Su padre, el maestro Enrique Morente, “el ronquillo del Albayzín”, como él mismo se denominó, la bautizó así intuyendo que brillaría con luz propia en el cante. Ella hace honor a ese nombre y a un apellido que en el flamenco es sinónimo de arte. Junto al río Anzur derrochó tanto como poderío. Si la Peña Cultural Flamenca de Zambra buscaba una figura que despertara a su festival tras un año durmiendo el sueño de los justos por la pandemia, no ha podido encontrar mejor hada madrina.

    Estrella se marchó de Zambra sabiendo que esta aldea de Rute es flamenca desde su nombre y hasta “sus silencios”. Son los silencios de un público entendido y respetuoso, que permiten adivinar el fluir del río que rebaja la temperatura meteorológica. La emocional subió varios grados en el momento en que la granadina se arrancó con aires de caña que confirman que ha mamado el cante desde las entrañas. Después vendrían los tangos de “En lo alto del cerro”, otra tanda “jonda” con cartageneras (un guiño más al padre) o seguiriyas, y unas sevillanas a “La Faraona” Lola Flores, hasta alcanzar el punto emotivo de “La Estrella”, el homenaje más sentido a una herencia paternal que ella como nadie ha honrado y pulido. Y para rematar, la nana, a palo seco, con la hija del presidente de la peña en brazos, para crear afición desde la cuna del cante.

    El brillo de Estrella no debería ensombrecer el resto de perlas de un cartel que colmó la espera de un año. Antes, se había encargado de abrir la noche Segundo Falcón. El sevillano dio la razón al presentador Manuel Curao, anunciando por soleares de Triana o fandangos lo que estaba por venir a los privilegiados que pudieron hacerse con una de las ochocientas entradas puestas a la venta. El virus aún obliga a esas limitaciones, y los habituales aficionados de Rute, el resto de la provincia y parte de Andalucía habían tenido que darse prisa por hacerse con un preciado pasaporte al arte.

    Tras ese aperitivo de lujo y el plato fuerte de la noche, llegó el descanso. A la vuelta, esperaban dos clásicos del festival, Miguel de Tena y Julián Estrada. Entre medias, debutó en plaza Araceli Carrillo, otro de esos talentos que regala la Peña a sus fieles para que sepan a quién seguir en el futuro. La lucentina demostró con guajiras, bulerías, fandangos o una escalofriante seguiriya que la cercanía con la aldea la ha ayudado a nutrir y sazonar su repertorio con los cantes más selectos.

    Ni de lejos se había amilanado con las alegrías, la granaína o los tangos “marca de la casa” con que el extremeño De Tena dejó la impronta de su voz torrencial. Y para cerrar, cuando la madrugada enfilaba su reloj hacia las cinco, Estrada justificó por malagueñas, alegrías y su antología de fandangos las razones que llevaron a la Peña a otorgarle su primera insignia de oro. La pesadilla del virus no ha acabado, pero la Noche Flamenca de Zambra ha despertado de su año de letargo para seguir haciendo soñar a la afición.

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