“Alma de cántaro” da voz y color al silencio de un Rute en blanco y negro

  • La primera novela de Francisco David Ruiz retrata en seis historias el drama de las mujeres rurales de un pueblo de provincias en la España de la posguerra

La presentación de “Alma de cántaro” colmó la expectación de la primera novela de Francisco David Ruiz. Su cocción se remonta a la estancia del profesor y escritor ruteño en la Fundación Antonio Gala. Su director, José María Gala, vino a Rute para la puesta de largo. Faltaron a última hora su vicepresidente, Francisco Moreno, y el alcalde Antonio Ruiz. Sí arroparon al escritor su compañero en la fundación, el pintor Rafael Jiménez, la concejala de Cultura, Ana Lazo, y cuarenta asistentes. Para compensar el aforo limitado, se ha organizado una firma de ejemplares en Librería Selecta el día 28.

El escenario fue la terraza del Edificio Alcalde Leoncio Rodríguez, al aire libre con el campanario de Santa Catalina y la Sierra de Rute en el telón de fondo. Lazo advirtió que el lugar viene para quedarse más allá de la pandemia. Permite otear enclaves citados en el libro, que muestra en prosa el talento “innegable” de su autor. La concejala ratificó sus palabras con un consejo tan escueto como directo: lean “Alma de cántaro”.

José María Gala empezó a leerla desde su primera versión y ya quedó “impresionado”. Años después se reencontraría con la definitiva cuando Ruiz optó al II Certamen Fundación Antonio Gala. “Alma de cántaro” se alzaría con el premio entre los doce aspirantes finales. De igual modo, Rafael Jiménez recordó cómo él también vio crecer la obra. Según dijo, sus páginas son “las otras voces, la memoria que habita en los márgenes”. Para Jiménez, guardan “la herencia y la deuda que conlleva el arte”. Escribir así es cuidar, porque la ficción sirve “para despertar”. Así, aunque el libro “habla por quienes no pudieron hablar”, a la vez es “de rabiosa contemporaneidad”. Si Lazo pidió al público que lea la obra, el ilustrador pidió a su autor que no deje de escribir.

A Francisco David Ruiz la fundación le sirvió para sentirse escritor pero sobre todo para “ver más lejos”. Coció la novela a fuego lento, porque no se considera “un autor con prisas”. El título une el sentido cervantino de “inocente” tan de la tierra y la etimología griega de “alma en pena”. Por ahí van las seis historias de y por mujeres de la posguerra que alumbran el libro, independientes y a la vez parte de un todo. A él le llegaron, pero no las ha vivido. Son parte de la memoria heredada. De ahí que escondan “un doble proceso ficcional”, el de la narración oral de sus testigos y el del artificio literario del escritor. Sus páginas no son necesariamente verdad, pero están llenas de veracidad.

Al tiempo que lo explicaba, Ana Burguillos y María José Jiménez leían varios pasajes. El otro rasgo estructural es la “heteroglosia” o multitud de voces narrativas. Pero más allá de lo formal, la novela refleja el “compromiso” de su autor. Se siente “responsable” de lo que escribe y de ser quien es y venir de donde viene. Esa responsabilidad nos hace “ciudadanos que buscan una sociedad más igualitaria”. Su compromiso le llevó a dar voz a quienes no la tuvieron… hasta que Antonio Gala le corrigió: “Ellas ya tenían su voz, aprende a escucharlas”. A partir de esa memoria heredada Ruiz reconstruye un puzle de silencios y dibuja con palabras “un mapa sentimental”. Por eso, el pueblo de la ficción no es Rute, sino su “memoria de Rute”, aunque sus rincones sean reconocibles.

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