A Gabriela Sillero Repullo,
querida amiga y vecina de toda la vida,
mujer inteligente y buena,
sin dárselas de serlo.
Descanse en paz
y para siempre en el recuerdo.
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“Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
(…)
ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda
(…)”.
Mario Benedetti
Vuelve a ser otoño y a ser los días más cortos. Vuelve el colegio, la rutina diaria, el trabajo, los quehaceres insoslayables…. Volvemos, tras el verano, a la vida de siempre. Recomenzamos. Que si el propósito de aprender inglés, que si el gimnasio, como a principios de año. Luego, comprobamos que cuesta mantener el hábito. La vida nos envuelve en su ritmo y su prisa. La vida, que no se detiene y sigue su curso y parece reiniciarse cada otoño. De fondo, la horrenda masacre en Gaza y la guerra incesante en Ucrania (y otras tantas). Y cada cual con sus preocupaciones y su tarea, tirando de la vida, afrontándola de la mejor manera, cargándose a la espalda pesares y dolencias para poder seguir, en ocasiones, manteniendo el tipo con el alma desgarrada. Vivir es eso: hacer frente a los días, que, a veces, pasan lentos y otras veces se van como un soplo. El otoño se adentra y nos recuerda que vivir es dejar ir lo que, sin querer, se nos va: el verano, gente, juventud, lugares… O asumir, resignadamente, que se va lo que se quiere y que no pueden estirarse los momentos felices, por más que se intente. A cambio, el otoño, aun con melancolía, nos descubre infinidad de colores y matices en medio de sus tonos ocres. La vida también es vida en otoño, cuando ya se ha esfumado la plenitud exultante de la primavera y la imponente luz del verano y todo conduce al invierno, en una metáfora inigualable de la existencia. La vuelta a la normalidad que trae el otoño nos ubica, sentimos que la cadena de la vida sigue en su engranaje y nos distrae de pensar en el sentido de lo que hacemos y a qué dedicamos el tiempo tasado que tenemos. El aire, ya frío, nos hace buscar abrigo en el armario, y los anocheceres tempranos son como si, al caer la tarde, también hubiera que recogerse para volver al fragor de la vida al día siguiente.
En otoño el año encara su recta final y hace ver que esto de vivir va deprisa y que a la vida hay que sacarle su jugo a cada instante porque no es posible volver atrás, como en las teles inteligentes de ahora. La vida sigue a lo suyo, indolente, ajena a nuestro pulso y, aunque a veces nuestro reloj interno se haya detenido el día del fatal diagnóstico o en la hora en que llegó una noticia pésima, no deja más opción que fluir con ella. Absurdo es plantar resistencia. La vida nos supera en su misterio infinito y no nos queda más que ponernos en marcha otra vez este otoño, con un curso nuevo ya iniciado, con la ventana del alma entornada para que entre lo nuevo que venga esta temporada, acaso con el corazón dolorido o magullado, pero latiendo, vivo un otoño más, dispuesto a aprovechar lo que de bueno traigan los días, con esa conciencia de que todo es fugaz y pasajero que impulsa a vivir con más ahínco porque nada es eterno. Un otoño más seguimos con nuestras ocupaciones, volcándonos en lo que hacemos, entregados a la tarea que tenemos entre manos, mientras el calendario se encamina hacia el invierno, que lleva dentro, escondida, la primavera. A pesar de sus ciclos y de que parezca que todo se repite, toda la vida es única y, como dijera Salinas, “la luz del día este/no es aquella de ayer,/ ni alumbrará mañana”. Por eso, aunque, a la postre, tiendan a parecerse los días, son irrepetibles y no debería caber en ellos la desidia ni el aburrimiento. Cuando se ha conocido el sobresalto y la ansiedad que la vida más de una vez genera, se aprende a apreciar la bendita rutina: el café de cada mañana – como tregua en el trajín diario-, las cosas que nos confortan… Todo lo que nos haga sentir bien y menos desolados no tiene precio. Todo lo que nos rescate del naufragio en el mar de la tristeza y el desamparo es bienvenido. Que este otoño encontremos espacios de certidumbre entre las dudas y consuelo ante el dolor de las pérdidas irreparables, que llenan la vida de ausencias. Así debería ser en otoño y siempre. Así fuera… Así sea.







