Una cuestión de identidad: el carnaval

Estimado lector, aunque nos encontramos en plena cuaresma y hemos sobrevivido a la resaca emocional que nos ha dejado el carnaval, creo que es momento de replantear ciertas cuestiones. En Rute el carnaval constituye una manifestación étnico-patrimonial de primer orden y, por ello, merece un análisis acorde a su relevancia.
El balance general de la edición reciente es positivo. Las calles han vuelto a llenarse, la participación ha sido notable y el mascarón —cuya recuperación fue objeto de debate hace apenas unos años— puede decirse que goza de buena salud. Sin embargo, precisamente porque hablamos de nuestra fiesta más representativa, conviene plantear con serenidad aquellos aspectos susceptibles de mejora. La autocrítica, cuando es constructiva, fortalece.
El primer fin de semana requiere una reflexión profunda. El certamen de agrupaciones carnavaleras ha cambiado de ubicación y, pese a contar con la participación de dos murgas locales, la asistencia de público ha sido escasa. Este dato no es menor. Las murgas y chirigotas constituyen uno de los pilares de nuestro carnaval, especialmente en un contexto en el que en muchas localidades vecinas el carnaval de calle que protagonizan ha desaparecido, relegando a los concursos en actividades descontextualizadas y, en ocasiones, vacías de contenido. Si queremos preservar esta singularidad, debemos repensar el formato, la promoción y, quizá, la propia concepción del certamen.
El martes, con el ya consolidado velatorio de la sardina, ha supuesto un acierto. No solo amplía el calendario festivo, sino que genera una antesala idónea para el miércoles de ceniza, jornada cargada de simbolismo y tradición. El miércoles sigue siendo, como bien señalaba un amigo carnavalero, el día de los ruteños. Sin embargo, es evidente que cada vez son más los vecinos de la comarca que nos acompañan, síntoma de que nuestro carnaval proyecta atractivo más allá de nuestras fronteras. No obstante, conviene ser tajantes: es responsabilidad de todos, locales y foráneos, entender que quien participa en el carnaval de Rute debe hacerlo disfrazado.
El segundo sábado merece un análisis más detenido. La creciente participación en el pasacalles es una excelente noticia: más personas implicadas implican mayor vitalidad y proyección. No obstante, conviene abordar una deriva que comienza a preocupar. El carnaval de Rute no puede quedar reducido a la imagen de un “botellón itinerante”. Nunca lo fue, y no deberíamos permitir que se termine de consolidar. Cuando el pasacalles se diluye en un consumo desmedido y el cierre se limita a un fin de fiesta con DJ, cabe preguntarse: ¿dónde queda la música carnavalera?, ¿dónde la identidad propia? Finalizado el recorrido, la sensación es la de asistir a una fiesta más, desprovista de la esencia crítica y satírica que históricamente ha definido nuestro carnaval. Tal vez sea el momento de reformular el modelo, introducir elementos musicales propios o reforzar el contenido frente al mero continente.
Finalmente, el domingo, día del disfraz por excelencia, también presenta margen de mejora. Las murgas cantan tras el pasacalles, pero la falta de coordinación genera escenas de cierta improvisación e incluso caos. ¿No merecen nuestras agrupaciones un escenario digno, una planificación adecuada y un espacio que ponga en valor su trabajo? Si defendemos que son uno de nuestros principales activos, debemos actuar en consecuencia.
En definitiva, el carnaval de Rute atraviesa un buen momento en términos de participación y visibilidad. Pero precisamente por ello, es ahora cuando debemos decidir qué modelo queremos consolidar. Se trata de crecer sin perder el alma; de sumar sin diluir la identidad; de preservar el humor, la crítica y la música como ejes vertebradores de una fiesta que es patrimonio colectivo. Reflexionar no es cuestionar el carnaval: es cuidarlo.

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