Un verano raro

A quienes sufren, por lo que sea.
A aquellos para los que este verano no sabrá a verano.
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Ha de haber, sin excusas, cada día
un gesto, una palabra,
que le sirvan de brida al desencanto.

José Ganivet Zarcos

Extraño se presenta este verano. Venimos de meses de encierro y, ahora que ya parecía que podíamos salir libremente, la amenaza de rebrotes del virus nos asusta y retrae a la hora de viajar.

En los últimos meses hemos tenido que hacer muchas y amargas renuncias: tuvimos que encerrarnos, dejar de ver a seres queridos, y de abrazar y de dar besos… Se suspendieron fiestas, procesiones, ferias, bodas, comuniones… La vida se nos quedó en suspenso, en “stand-by”. Suspendidos sin fecha se quedaron viajes y encuentros. Aplazados los cafés, pospuestas las citas, aparcadas las ilusiones…, vivir se redujo, en buena medida, a sobrevivir. “Sobreponerse es todo”, que decía Rilke. Incluso ahora, que empieza a retornar la actividad habitual, podríamos pensar que, con tantas limitaciones, mascarillas y distancia de seguridad, “esto no es vida”. Pero, sí, es la vida que tenemos, la que han dado en llamar “nueva normalidad”. Una realidad sombría, de calles que intentan recuperar el ritmo de antes y no lo consiguen; de negocios cerrados o a medio gas; de profunda desazón. Era Kant quien decía que “la inteligencia de un individuo se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”. Pero el ser humano no está hecho para tanta incertidumbre. Tampoco para tanto sufrimiento como ha generado la pandemia o generan enfermedades para las que aún no se ha encontrado solución. Pese a sabernos transitorios, buscamos ciertas seguridades a las que agarrarnos y esas son las que se nos están tambaleando. Y cuesta vivir así, tan en el aire, con la mosca detrás de la oreja, con el miedo bajo la almohada, con la angustia pegada a los talones y al alma.

  Menos mal que, en medio de tantas noticias malas, llegó hace poco la declaración de Rute como Municipio Turístico de Andalucía. Este Rute, que ha sufrido en sus entrañas los estragos del virus, merece que su gente se ilusione de nuevo. Que tiene encantos sobrados es evidente. Cualquiera que visite el pueblo podrá dar buena cuenta de ellos: de su jamón, de su aguardiente, de sus dulces, de su aceite, de sus calles empinadas y lo idílico de su paisaje, de tantas cosas buenas que en Rute se hacen. Aunque nunca quien venga de fuera podrá ver todo lo que vemos y se nos viene a la memoria cuando los que conocemos Rute pisamos sus calles y respiramos su aire. Cada lugar, entonces, se nos vuelve recuerdo y nos hace repasar nuestra vida entera, como a cámara a ratos lenta y a otros ligera.

Lo cierto es que está aquí el verano. Con cautela, vuelven los baños en la piscina, las noches en las terrazas… Se añoran inevitablemente otros años en los que con ilusión infinita hacíamos maletas ante la expectativa de un tiempo libre y feliz. Ahora el temor puede más que la ilusión. Pensábamos que para el verano ya podríamos entrar y salir sin miedo y la frustración por no poder hacerlo como quisiéramos provoca melancolía y desánimo. Por eso, ahora, acaso como nunca, se hace preciso mantener la esperanza como una bandera ondeando, por malos que sean los vientos que están soplando. El pulso entre la desolación que produce una realidad que nos supera y desborda y la necesidad de conservar las ganas de vivir es fuerte y continuo. El contraste entre los días luminosos del verano y la negra sombra, que diría Rosalía de Castro, la de la tristeza que se cierne sobre el panorama que tenemos por delante, la de la pena que cada cual arrastra, es enorme. Como si en el mismo día pasáramos del monte Tabor al Getsemaní, de la gloria al cáliz amargo de las horas que duelen y se clavan. Quisiéramos que el verano fuera lo que siempre fue: un tiempo sin horarios, libre de obligaciones; de noches serenas, sin prisas, al fresco, de sol, de mar, de piscina, de paseos, de viajes… Pero no sabemos lo que nos deparará. Así que, quizás, lo más acertado sea afrontarlo con nuestra mejor disposición y estar a lo que vaya viniendo. Aunque no sea el verano soñado, ¡quién sabe lo que el azar pueda tenernos reservado…! Tal vez algo bueno que no sospechamos, que ya ni siquiera esperamos de la vida, tan destemplada algunas veces. Necesitamos creer que este verano va a traernos algo grato bajo el brazo. Necesitamos descanso y que vuelva a parecer que es verano. Solo así es posible subir a diario la persiana de la ilusión y no dar cerrojazo al entusiasmo, confiando en que la vida nos vaya devolviendo, aunque sea a plazos, toda la felicidad que nos debe y nos ha arrebatado, todos los sueños confinados que ojalá tomaran cuerpo – ¿por qué no? – en este verano tan extraño.

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