¿Toda la vida trabajando para esto?

A los jubilados que se las ven y desean para sobrevivir.

“El arte de envejecer es el arte
de conservar alguna esperanza”.

André Maurois

Aunque vilipendiados, cuando no maltratados o ignorados, los mayores sostienen, en buena medida, la sociedad. Perdido el respeto que se les tenía en otro tiempo, se les esquilma más de una vez o se les descuida hasta que, de repente, al faltar, aparecen poniendo la mano hijos que se hicieron los longuis en vida. Muchos enferman de soledad en sus casas o en residencias, donde languidecen esperando visitas que no siempre llegan.
Por ley de vida, se habrán llevado a estas alturas más de un chasco: amores que se truncaron sin esperarlo, amistades que les traicionaron, gente querida que se fue dejándoles el corazón dolido y horadado… Pero lo sangrante es que, al llegar a la etapa de la vida en la que toca descansar, subsisten con pensiones bajas, ínfimas, mezquinas.
La última subida de sus pensiones ha sido mísera: un 0,25 %. Nada. Notificada en cartas que pomposamente la anunciaban, no es sino la constatación de la notable pérdida del poder adquisitivo de sus destinatarios. No hay que ser muy listos: si el coste de la vida sube más que las pensiones, los jubilados son cada vez más pobres y pueden comprar hoy menos de lo que podían ayer, y viven peor, en definitiva.
Por si algo faltara en una fase de la vida a la que cada vez se llega mejor, pero en la que ya asoman goteras, achaques, ausencias y temores, ahora se añade la preocupación por llegar a fin de mes. Inevitable les será pensar que esta vida, a la que ya hace tiempo que llegaron, es un timo, una engañifa. Se la han pasado trabajando. ¿Para esto? Mientras tanto, altos cargos, diputados, etc. tienen sus buenas pensiones aseguradas. A menudo, sin haber dado palo al agua.
Son aún, en muchos casos, jubilados que empezaron a trabajar con diez o doce años, que han llevado una vida dura, sin comodidades, emigrando a Alemania, Francia o Suiza, o yéndose a Madrid, Bilbao o Barcelona a buscar un porvenir, que ya ha venido y no es el que merecen ni el que soñaron.

En campaña, cuando se aproximen las elecciones, no faltarán políticos que les calienten la cabeza hablándoles de las pensiones y amenazando con que, si gobiernan otros, las perderán o se las bajarán. ¿Más? El de los jubilados ha sido siempre un voto ansiado. Deberían saber los políticos que los mayores no son tontos. La vida enseña y espabila, aunque sea a empellones. Por justicia, merecen unas pensiones dignas. No deben añadir más preocupaciones a su vida cuando, ya sin obligaciones laborales, es hora de disfrutar lo que puedan y la salud les deje.
Recórtese de donde haga falta (sueldazos públicos y pensiones vitalicias, sobre todo) y piénsese en los que, por si no tuvieron bastante con sobreponerse a una guerra civil y a una posguerra, en la última vuelta del camino tienen que hacer números para vivir. ¿Qué puede esperarse de una sociedad que trata de esta manera a sus mayores? Quienes así los tratan ignoran que, como decía Serrat, “todos llevamos un viejo encima”, o, más bien, saben que su pensión está más que garantizada y lo que les pase a otros no les duele ni preocupa nada.
Pero los pensionistas están protestando por sus pensiones de miseria. Se rebelan contra el camelo de pensión que reciben. Nos dan, una vez más, todo un ejemplo. Han salido a la calle demostrando que la edad no es obstáculo para defender sus derechos frente a tanto atropello desalmado. Y no es para menos. Sentirán que no mereció la pena tanto sacrificio, “tanto todo para nada”, que dijera José Hierro.
Nos jugamos mucho con las pensiones los que ya las cobran y los que no sabemos si las cobraremos. Hay que garantizar como sea las pensiones públicas, blindarlas frente a vaivenes económicos, incentivar el empleo juvenil en una sociedad que envejece sin freno. Quien quiera, que se haga un plan privado, pero el Estado tiene que pagar, sí o sí, pensiones dignas. ¿O para qué nos pasamos la vida trabajando? ¿Para mantener a miles de apesebrados y paniaguados que jamás han doblado el espinazo?
No han faltado propuestas sagaces en orden a prolongar la vida laboral hasta los ochenta años. Más contundente fue Taro Aso, ministro japonés de Finanzas, que en 2013 propuso que los ancianos se dieran prisa en morir para que el sistema fuera sostenible. Y se quedó descansando.
Que no nos pisoteen ni un derecho. Protestemos. Defendamos lo nuestro con todo empeño. O mañana será ya, por desgracia, demasiado tarde para hacerlo.

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