“Temprano madrugó la madrugada…”

A Ana Carmen Gómez Navajas, mi hermana,
que se fue sin tenerse que haber ido tan pronto,
y que, en la paz que aquí a veces falta, ya descansa.

“En verdad os digo que el adiós no existe:
(…)
Porque en el mundo real del espíritu
sólo hay encuentros y nunca despedidas, (…)”
Khalil Gibran

“Temprano madrugó la madrugada…” Nadie hubiera presagiado cuando, teniendo yo siete u ocho años, venía a mi cama de noche con un libro de Pedro Salinas entre las manos para recitarme algún poema, que mi hermana mayor nos dejaría este verano, tan antes de tiempo, cuando aún de vida le podían haber quedado muchos años. El destino escrito en el viento, la fecha de caducidad que dicen que traemos todos inscrita en algún lugar del alma o del cuerpo y un tratamiento médico discutible, y, quizás, desacertado, propiciaron su marcha apresurada de este mundo.
Ya clavada en su cuerpo la estocada de la enfermedad, supo llevarla con dignidad y una admirable entereza, pese a lo duro que es vivir cuando sobre el calendario se cierne la siniestra sombra del final y la vida se va acortando sin querer, a pasos agigantados, y ya no se puede, por más que se quisiera, hacer planes de ningún tipo, ni a largo ni a medio ni a corto plazo, porque no hay mañana que valga. Cuando es de muerte la herida, más pronto que tarde la parca gana el pulso y hace comprobar aquello de “las almas (…)/, tan débiles/para sostén eterno/de los pesos más grandes”, que decía Salinas.

Es difícil perdonar “a la vida desatenta”, como escribió Miguel Hernández. Difícil ser indulgente con los médicos que decidieron en un principio, sin dar explicaciones, no administrar radio- ni quimioterapia. Sobre su conciencia debería recaer tal decisión, si guardaran memoria. En vano fue el tratamiento posterior. Mi hermana, finalmente, murió, “después de tanto todo para nada”, que diría José Hierro.

No es justa la vida, no. No lo es. En ocasiones golpea con especial saña. No hay respuesta para tantas preguntas que surgen como flechas sin rumbo disparadas al cielo del misterio. Solo cabe aceptar el fatal destino. Otra opción no hay salvo asumir, aun a regañadientes, que la vida a veces es así de desalmada, que no se anda con chiquitas, que le da exactamente igual que suframos o no. El tiempo sigue su curso y no repara en las almas rotas que dejan los días negros a su paso. Porque para quien pierde un ser querido la vida ya renquea inevitablemente. La vida, toda ella, queda marcada por una pérdida que acaso podía haberse retrasado con una mayor diligencia médica.

Truncada sin remedio ha quedado una vida, unas ganas irrefrenables de viajar, una memoria prodigiosa, el gusto por el saludo atento y la conversación, por Perales y O’Sullivan, por Salinas y Gabriela Mistral, un humor resistente al sufrimiento y un toque de inocencia no perdida ni siquiera con los empellones de la vida. Quedó un bolso por estrenar y queda, hasta el final de sus días, la pena de una madre, de una familia entera. Queda el dolor, “última forma de amar”, según Pedro Salinas. Queda el reproche al destino que se la ha llevado con tanta prisa, la forzosa aceptación de lo sucedido, la rabia por lo que pudo haberse hecho de otro modo y no se hizo y la esperanza en que quien padezca su mismo mal tenga más suerte.

Duele la ausencia, pero los que se van se quedan también de mil y una maneras: en frases, en anécdotas, en recuerdos de viajes en familia en veranos felices, tan distintos a éste. Viajar, cuando sea posible, será hacer lo que mi hermana hubiera querido seguir haciendo y ya no puede…

“Despierta. El día te llama/ a tu vida: tu deber./Y nada más que a vivir”, dice un poema de Salinas que a mi hermana le gustaba. La vida sigue, ya sin ella, y el día continúa llamando a vivir, aún a pesar de cómo se las gasta esta vida. Vivir es lo que toca y hacerlo también en su memoria. En la de quienes la conocimos, mi hermana permanecerá “dormida, y a resguardo del viento”, también del de Rute, su pueblo; “dormida y al calor del recuerdo”, como dijera el poeta granadino José Gª. Ladrón de Guevara. Hasta que llegue, si ha de llegar, la hora de despertar a otra vida en la que ya no duela tanto vivir.

Descansa en paz, Marmen. Algún día seguiremos recitando versos, más allá del espacio y del tiempo… En eso quedamos.

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