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Las temperaturas extremas de la ola de calor no impidieron que la gente se echara a la calle a revivir fervor y recuerdos en el día grande de las Fiestas Patronales
Hay un clásico de la época dorada del cine de Hollywood titulado “Siempre hace buen tiempo”. En Rute, siempre hace calor en agosto; a veces, como este año, calor extremo. Y, sin embargo, parecería que el tiempo es óptimo, porque en torno a la mitad del mes las calles son un hervidero de gente. Más que con la meteorología, la aglomeración humana tiene que ver con que son los días grandes de las Fiestas Patronales en honor a la Virgen del Carmen. Entre el 14 y el 15 llega el colofón a 33 intensos días de cultos y actos, desde el lejano 14 de julio, fecha del inicio del triduo de la onomástica.
Desde entonces no dejan de sucederse las distintas formas de devoción a la Patrona, como el Traslado, la misa de aniversario de la Coronación Canónica o la novena. No obstante, en estas dos jornadas se concentran los momentos más destacados, que culminan cuando se invierten los roles. Hasta la procesión del día 15 la gente se acerca a ver a la Virgen del Carmen. Esa noche, en cambio, la Patrona sale a la calle, al encuentro con su pueblo, al reencuentro con una tradición de siglos, donde se dan la mano pasado y presente, quienes están en Rute y quienes tuvieron que irse y vuelven en estas fechas tan señaladas.
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El hervidero se palpa en los días previos. Agosto es el mes vacacional por excelencia, pero en Rute la Virgen del Carmen y sus Fiestas Patronales marcan la agenda. Quienes viven aquí buscan destino y descanso a partir del día 16. Por el contrario, quienes marcharon fuera por circunstancias de la vida, pero se dejaron en su pueblo natal el alma y los recuerdos, hacen todo lo posible por estar en Rute para el 14 y sobre todo el 15. Ese ritual de volver para las Fiestas Carmelitanas se repite desde hace décadas, a veces por parte de miembros de una segunda o hasta tercera generación.
Todos quieren estar en Rute para el pregón y la coronación, y por supuesto para la procesión de la noche del 15 de agosto. Quieren evocar lo que han vivido tantas veces que ha acabado siendo una de sus señas de identidad. Porque las Fiestas Patronales, como las Fiestas de Mayo, la Semana Santa o la Navidad, conforman en buena medida el “ADN Rute”. Y lo recuerdan desde la mañana, con la ancestral “Diana” de la Banda Municipal. Puede que haya quien venga y no conozca a sus actuales miembros, o a los más jóvenes, pero basta con ver sus uniformes o escuchar sus sones para reconocer a la entrañable banda como patrimonio inmaterial del pueblo.
La diana sirve de preámbulo a la solemne función religiosa, primer acercamiento del día a la Virgen, ya de gala para la salida nocturna. Antes, los gigantes y cabezudos, de nuevo junto a la banda, activan otro resorte de la memoria de quienes tantas veces corrieron delante de ellos antes de los “perseguidos” del presente. Al término de su pasacalles, el espectáculo de animación infantil del Ayuntamiento pone fin a la mañana y da paso a los preparativos de la tarde, sin demora, porque todo el mundo sabe que a las nueve de la noche la procesión está en la calle.
Y así fue. Con puntualidad meridiana, la Virgen del Carmen atravesó el dintel de Santa Catalina para mostrarse ante el pueblo del que es Patrona desde hace 101 años. La esperaban sus devotos, centenares, miles… Poco importa la cifra cuando se comparten unas mimas creencias, unas mismas vivencias, unas mismas raíces, un mismo sentimiento o una misma memoria. Porque la memoria de Rute es la de su gente cuando comparte ese orgullo de ser aquí, con todos los componentes que suman, sin excepción, el carácter ruteño.
Fue ese encuentro compartido entre lo cotidiano y lo trascendente, entre humano y lo divino, lo que lanzó a la calle a cada ruteño, “prójimo en su nostalgia”, como escribiera Val del Omar. La riada humana se sumó al cortejo de hermandades y cofradías, representantes públicos y autoridades, la Banda de Cornetas y Tambores Asunción, de Jódar (Jaén), y cómo no, de nuevo la Banda Municipal. La temperatura emocional se elevó por encima de la meteorológica, pero a quienes pisaban el tórrido asfalto poco les importaba. Como diría el sacerdote David Matamalas, el calor puede ser “algo psicológico” cuando se imponen la devoción y sentimientos tan arraigados.
Fue ese fervor común lo que llevó a no dejar de acompañar a la Virgen del Carmen en la subida al Barrio Alto hasta San Francisco, en la bajada por el Cerro hasta San Pedro y por supuesto en la llegada al Paseo Francisco Salto, junto al parque que lleva su nombre. Allí se quemarían los fuegos artificiales, pero no serían ni los únicos ni el último instante para inmortalizar de la noche. Quedaba el camino de vuelta al santuario, la monumental petalada de Juan Carlos I, la llegada al Ayuntamiento y, al final, el regreso por la calle Toledo, al son de “Reina y Señora”, para entrar en su ermita hacia las dos de la madrugada. Terminaban así las Fiestas Patronales, las que se celebran desde hace 101 años en agosto, un mes en el que siempre hace buen tiempo en Rute.






