Rute en verano y siempre

A Luis Écija López, que en paz descansa,
que dedicó buena parte de su vida al Juzgado,
y a su familia, con sincero aprecio.
————————————————-
“Nunca más volverá. Despacio pasa…
esta tarde del mundo en que es agosto
y en la que yo estoy vivo y nada temo.
Avanza apenas, pero va avanzando.
Sé bien que es un milagro irrepetible.”
(…)
Eloy Sánchez Rosillo

La memoria recuerda una familia que viajaba en autobús por no tener coche, las náuseas por el madrugón y el olor a gasolina, la impaciencia de los pocos años preguntando cuánto faltaba para llegar a Rute, detrás de qué curva aparecería tan blanco, sobre la falda de la sierra, a la vuelta de varios meses de espera, como el lugar donde aguardaban familia y amistades, como el sitio donde pasar el verano combatiendo el calor en el patio o con noches al fresco y helados. Llegaba julio y empezaba la aurora cada noche de sábado, la espera ilusionada del 15 de agosto, forasteros que venían para las fiestas, los ratos de conversación en el parque al anochecer, las madrugadas en la puerta charlando, estrellas que llovían por San Lorenzo… Y las calles luciendo alumbrado extraordinario, la novena, las damas de honor y la reina de las fiestas el 14 de agosto, el pregón, los cohetes iluminando el cielo ruteño… Así hasta el Día del Carmen, ese día en el que parece detenerse el tiempo en mitad de un mes que sabe para muchos a descanso. Y, después, la feria, antes con tómbolas ruidosas, vestidos de flamenca y hombres con traje para ir a la caseta el segundo día de feria, y ahora intentando su supervivencia, con  algún cambio de fecha.

Quienes estamos fuera no podemos seguir ya por internet en tiempo real la retransmisión de los actos más señeros de las fiestas, salvo los que vemos gracias a la impagable labor de los medios de comunicación locales, que dan fe de que mucho de lo de siempre aún pervive. Siguen llegando puntuales las fiestas y la banda de música toca en el parque o en el barrio alto los domingos de verano…, pero algunas tradiciones se van desdibujando porque la vida es cambio, imparable, incesante, inevitable. No obstante, el corazón tiene memoria y recuerda… Y el alma de quien no está en Rute espera volver algún día y revivir lo vivido, aun a costa de que asalte la nostalgia por lo irremisiblemente perdido. Volver adonde se estuvo, adonde se fue feliz, al parque, a los atardeceres desde el Carmen, al 15 de agosto, ese día esplendoroso de fiesta, de gigantes y cabezudos, de olor a nardos llenando el aire al paso elegante de la Virgen del Carmen, mientras suena de fondo “Reina entre olivares”, de Antonio González Écija, “Siempre Carmen, siempre Patrona”, de Alberto Ramos Campos, el “Himno a la Coronación” de Miguel Herrero y Ana Burguillos, o “Reina y Señora” cuando la Patrona de Rute enfila la c/ Toledo, ya de vuelta a su ermita. Pasado ese día, Rute parece ir volviendo a la normalidad, aunque siga siendo verano. Los de fuera se van marchando y quedan los de siempre, donde siempre. El pueblo va retomando su pulso cotidiano, sin grandes acontecimientos. En buena medida, sigue siendo el de toda la vida, el de los juegos de la infancia, el de las pandillas adolescentes que quedaban y pasaban la tarde entre confidencias comiendo pipas… Pero Rute tiene también que mirar hacia delante y seguir reivindicándose a sí mismo, sabiendo vender – y no solo en Navidad- todo lo que tiene de bueno. Tiene que mejorar lo pendiente de ser mejorado y ser un lugar acogedor en el que apetezca estar o adonde den ganas de ir siempre que se pueda porque la vida resulte amable entre sus calles, con su gente y su paisaje. A pesar de las cuestas y de que el calor apriete cuando dice de hacerlo, su tranquilidad y calidad de vida no tienen precio. Rute debería seguir siendo todo lo que algún día fue y significó para nosotros: aquel pueblo del que sentirse orgulloso, el acento inconfundible, el olor a anís… Tenemos que seguir velando por Rute, cuna de nuestros padres y de tantas personas queridas que en él viven o descansan para siempre. Que sea el lugar adonde muchos quieren vivir y otros regresar, incluso definitivamente. Pero, mientras se pueda, hay que recorrerlo, respirar su aire y disfrutar de su privilegiado entorno.

Rute… ¡ay! ¡Cómo puede caber tanto en cuatro letras! Es decirlas y sobreviene una lluvia de sentimientos que afloran a la piel hasta erizarla. Rute, con su Canuto vigilante, las vueltas en el parque, su pan, sus dulces y todo lo bueno que allí se hace, que no debería perder su esencia. Rute, la peana de cuando se jugaba en la calle, las raíces que tiran, el cariño a la tierra que se lleva en la sangre y recorre las venas. Rute, suspiro, dolor por los que faltan, latido fuerte, pellizco en el alma, emoción que anuda la garganta. Ese Rute, querencia sincera, pasión viva, añoranza perpetua cuando se está lejos. Rute, promesa y estímulo, esperanza de futuro, nuestro lugar en el mundo, el pueblo de nuestras entrañas, un amor confesado a los cuatro vientos, el sitio en el que celebrar la vida en agosto. Y siempre.

Deja un comentario