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El cantaor jerezano fue la figura estelar de una edición donde brillaron con luz propia Arcángel, la emergente Reyes Carrasco o el gaditano David Palomar
Galería XXXI Noche Flamenca de Zambra
Zambra volvió a ser el epicentro del cante en el primer sábado de julio. De nuevo el recinto junto al río Anzur la XXXI Noche Flamenca de Zambra, que congregó a cerca de dos mil espectadores. Allí se dieron cita aficionados de Rute y la aldea, pero también del resto de Córdoba y Andalucía, o de fuera de la comunidad autónoma. Cada vez se agranda la procedencia de quienes asisten a unos de los festivales flamencos de referencia del verano. Saben que hay dos premisas que siempre se cumplen: un cartel de primerísimo nivel y lo bastante variado para satisfacer los más diversos paladares.
- El flamencólogo, Manuel Curao, al que se nota que se siente muy a gusto en Zambra, fue el presentador encargado de dar paso a cada artista
Así volvió a ocurrir. Hasta siete cantaores, con sus respectivos acompañamientos de guitarra, palmas y coros, dieron lo mejor de sí sobre el escenario y dejaron una selección de lo más representativo del cante jondo. Tras los saludos preliminares de los representantes del Ayuntamiento de Rute y los miembros de la Peña Cultural Flamenca de Zambra, patrocinador y organizadora, respectivamente, Manuel Curao fue dando paso a cada artista. Que el año pasado la Peña le concediera la insignia de oro fue una muestra de reconocer la simbiosis que ha creado con el festival. Al presentador y flamencólogo se le nota a gusto en Zambra. Se retroalimentan.
El primero en subir al escenario fue el cordobés Rafael Ordóñez, un cantaor “por derecho”. Su exhibición de soleares, caña, serrana por liviana, seguiriyas, caracoles o tonás, puso de relieve que es heredero del cante añejo, el que nunca pasa, como un gran reserva. Pese a su veteranía, ha sido su debut junto al Anzur, pero se ganó por méritos propios la posibilidad de volver. No debería pasar inadvertida su actuación teniendo en cuenta que sirvió de “telonero” de la estrella de la noche, José Mercé. Volvía a Zambra 21 años después y se encontró con un público entregado. Primero se ganó al respetable con el único acompañamiento de la guitarra de Antonio Higuero por malagueñas, soleares y seguiriyas; más tarde, por alegrías y bulerías con el resto del cuadro flamenco; y como broche, con el auditorio coreando su popular “Aire”.
Cuando el jerezano se fue del escenario, con el deseo manifiesto de tardar menos en volver, el nivel no decreció. Al contrario, el onubense Arcángel volvió a sentar cátedra y a dejar claro que su tesitura vocal domina todos los registros. Como se decía de “La Niña de los Peines”, podría cantar en el tono que se le antoje. Su tarjeta de presentación fue “La leyenda del tiempo”, no la archiconocida adaptación del poema de Lorca que hizo Camarón inspirada en las bamberas, sino la versión por tientos de Enrique Morente. Escoltado por la guitarra de Miguel Ángel Cortés y el ritmo y los coros de “Los Mellis”, siguió por tangos, caña y soleares. Dejó su impronta en la peculiar forma que tiene de cantar las alegrías, combinando las de Cádiz y las de Córdoba, y remató con una tanda de fandangos, incluidos los de su Alosno natal.
Tras este clímax, se hacía necesario un descanso. A la vuelta esperaba Reyes Carrasco, el toque personal de la Peña, que siempre guarda un hueco para figuras emergentes. También discípula reconocida de Pastora Pavón y bendecida por Mercé, su repertorio de soleares, tangos o bulerías dejó patente que el término “promesa” se le empieza a quedar corto y hay que hablar de realidad contrastada.
Fue la primera de la noche que se animó a cantar “a pelo”, sin micrófono. A continuación, la secundaría otro de los habituales del festival, Miguel de Tena. El de Rueca confirmó que es otra enciclopedia andante del cante. No sólo domina los palos más característicos, como las alegrías, los tangos o la granaína. Con sus interpretaciones de un romance por Pepe Marchena, la versión de “María de La O” en cuplé por bulerías o los fandangos de Pepe Pinto despejó cualquier duda sobre su sabiduría de la historia del cante.
De Tena daría el relevo a David Palomar, otro “hijo pródigo” que regresaba a Zambra. El del barrio de “La Viña” bordó las alegrías, las seguiriyas o las soleares con una mezcla de conocimiento de lo clásico y un toque de modernidad. Mantuvo el tono por tientos y “tangos caleteros”. Y siendo de Cádiz, no podían faltar los tanguillos en su repertorio antes de alcanzar la apoteosis por bulerías.
Con la madrugada bien avanzada, Julián Estrada fue el encargado de cerrar la noche. La trigésimo primera edición no podía tener mejor broche que el de quien ostenta la primera insignia de oro de la Peña. El pontanense demostró por malagueñas, alegrías o granaínas que es de sobra merecedor de ese reconocimiento. Cuando terminó, como él mismo había dicho, se acercaba “la amanecida”. Eran cerca de las seis de la madrugada y, en efecto, el alba estaba cerca de despuntar. El día estaba a punto de brillar como lleva más de tres décadas haciéndolo Zambra a través del flamenco.






