Pongamos que hablo de Madrid

Las canciones de Sabina formaron parte del armario musical en una adolescencia tardía, en que las vivencias de ocio y esparcimiento apenas habían empezado y buscaban soporte teórico y ayuda. Me remonto en el tiempo a “la movida madrileña”, los años ochenta, unos momentos de deseo dormido, de experiencias sociales jibarizadas antaño, de ganas de expandir contactos, abrazos y noches.
Aunque nunca he sido un gran aficionado a la música, escuchaba, casi siempre en la lejanía, a los Secretos, Loquillo, Gabinete Caligari, Nacha Pop, La Unión, Radio Futura y tantos otros. Eran transgresores para nosotros. Parecían surgir de una necesidad de vida y savia nuevas, de germinar con un arte distinto, más alegre, más colorido, después de muchos, años en blanco y negro, o gris. Creo que aquella Transición se consiguió hacer certeramente. Había voluntad real de diálogo y de establecer acuerdos.
Cuando esta opinión salga a la luz, estaremos en ciernes (o conociendo ya los resultados) de unas nuevas elecciones anticipadas, propiciadas por un asalto a la normalidad democrática o una interpretación paranoica del mismo, según se mire. Ya sabemos que en esto de la política, las filias y las fobias hacen del maniqueísmo su mejor ejemplo: “los míos o los otros”, “nosotros los buenos, ellos los malos”, “nosotros tenemos razón, ellos no”, “nosotros decimos la verdad, ellos mienten”, “tenemos que arengar al pueblo para que nos vote, en nombre de la libertad”…El sesgo endogrupal nubla las mentes. Seguro que nadie podría establecer con las frases anteriores una determinada adscripción política, un partido específico o una ideología. Sin embargo son algunas de las proposiciones más usadas por todos. Los medios son casi los mismos, diría Maquiavelo, porque el fin es también el mismo, alcanzar el poder. Poder, que en este país donde vivimos, quiere ser omnímodo, donde el ejecutivo fagocita y envenena el resto y, donde aun se olvida la necesidad de una remodelación, dando autonomía a las decisiones judiciales y legislativas. Todos se ceban con las palabras democracia y libertad.
Libertad, bonita palabra es, pero también una de las más prostituidas a lo largo de la historia pasada y reciente. ¡Cuántas muertes, cuánta lucha, cuánto odio, cuánta sangre se ha derramado en su nombre desviado! Al decir lo anterior no deseo que se confundan mis palabras. Soy un acérrimo defensor de la verdadera Libertad, de la que no coarta, que la que no amenaza, de la que no exige, de la que añade, expande y aúna, de la que mira proactiva al futuro como un desafío de vida y esperanza, de la que suma, de la que respeta…
Los que se juegan el poder en Madrid han acudido a la palabra libertad, con demagogia y de forma taimada, como sagaces camanduleros, miembros de un teatro desfasado y conocido, pero útil aun. Según mi opinión personal, entre los candidatos, uno ha perdido una magnífica ocasión para descansar o aconsejar, como catedrático de universidad y preservar una credibilidad, que desde el proselitismo obediente se vuelve esquiva. Otro, podría volver a un trabajo lleno de responsabilidad desde la abogacía del Estado, sobre todo si pudiera actuar sin plegarse a las peticiones del gobierno de turno (del que hay y del que viniere). Una de ellas ejerce una profesión de las más bonitas del mundo, basada en los conocimientos, experiencia, voluntad de cuidados y atención al que sufre, pero la suma (o resta) con la lucha cainita dentro de las alianzas del ruedo político, perdiendo su primigenia razón de ser. Otra, que parecía aletargada pero ha demostrado sus capacidades de “animal político”, se defiende con uñas y dientes contra todos, erigiéndose la defensora del funcionamiento libre de la Comunidad, entrando más veces de las debidas en la refriega personal, en vez de aportar argumentos y números de su gestión. También se hacen notar otros dos partidos, uno más allá de la diestra y otro de la siniestra, poco integradores, estando, como siempre se ha dicho, mucho más cerca de lo que creen, y caracterizados porque sus planteamientos, además de desfasados y rancios, adolecen de una impostura manifiesta, son excluyentes, incitan al odio y no buscan un gobierno para la mayoría sino la imposición de su verdad, con el peligro que la radicalidad ha reportado siempre. El partido de uno está aun en el gobierno, aunque su líder supremo lo abandonó hace poco para embarcarse, como pirata cojo, en el asalto de Madrid, una vez rehusado su asalto al cielo, por inoperante y falaz.
En Madrid, en España, en Andalucía, no deseo intenciones partidistas excluyentes, no hacen falta azuzadores de odios y no entraremos en la trampa de dejar de defender la verdadera Democracia, que como decía alguien, es el peor de los sistemas de gobierno posibles, una vez descartados todos los demás. Vivimos en el año veintiuno del siglo veintiuno, no en los años treinta del siglo pasado. Recordémoslo.
Las niñas ya no quieren ser princesas. Los niños tampoco desean ser príncipes. Pero sí defienden su libertad y exigen seriedad y honestidad a sus gobernantes. Allá donde se cruzan los caminos veremos pronto el desenlace de una contienda maldita, fullera, pendenciera, exagerada, atronadora y deshonrada. Los madrileños de a pie solo piden y necesitan unos servidores públicos que intenten resolver sus problemas, no actores de serie B con un corto guion adaptado, por mucho color que impriman en su película. Madrid y sus habitantes no merecen tanta inepcia y estolidez. Tampoco España. Pidamos que haya suerte.

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