A la memoria de Abundio Alba, un buen hombre, que en paz
y en la memoria de quienes lo apreciábamos ya descansa.
Vuelve a ser Navidad. A la memoria acuden estos días recuerdos de otros años. Vienen solos, sin llamarlos. Nos llevan a la niñez, a aquellas cartas remotas escritas a los Reyes Magos, a aquella ilusión. Luego fue pasando la vida, una Navidad tras otra, hasta llegar a la de este año. Son días de compras, de calles adornadas con alumbrado extraordinario, de marearse buscando regalos. Suenan villancicos, como sonaron otros diciembres. Siguen bebiendo en el río los peces, aunque sean otros peces. Habrá quien esté ya deseando que pasen las fiestas para volver a la normalidad, a la vida de siempre, con su rutina. Lo más difícil, quizás, sea luchar contra el desencanto, porque, cuando la vida se ha ido llenando de ausencias, cuesta abrazar con ilusión otro año. Ningún Rey Mago puede devolvernos a los que nos faltan y ningún regalo nos puede llenar tanto como su presencia. Como Gabriela Mistral, pensamos aquello de “si Dios quisiera volvérteme/por un instante tan solo…”.
La Navidad vuelve y nos recuerda que la vida va pasando. Tal vez nos sorprenda alguna tarjeta navideña que llegue al buzón, escrita de puño y letra por alguna amistad estrechada hace años, que sobrevive al paso del tiempo y al cambio de costumbres. O nos sorprenderá un regalo inesperado o algún mensaje no reenviado dirigido a nosotros personalmente. Sentiremos el vértigo del paso fugaz de los años. No hace tanto estábamos guardando el belén en el trastero y ya está otra vez puesto, adornando, recordándonos que ya están aquí otra vez la Nochebuena, la Navidad, la Nochevieja y los Reyes Magos. Es la vida, su ciclo incesante, su paso inexorable hasta que una Navidad seamos nosotros quienes faltemos. Pero, de momento, estamos aquí, con ganas de fiesta o sin ellas, pero aquí. Si en un pesebre nació la Vida, en cualquier sitio, donde menos se espera, puede surgir el milagro: el de la risa, el del encuentro, el de comprobar que la amistad de verdad existe, el de la entrega generosa, el del amor sincero… Donde menos se piensa, puede surgir la chispa de la vida, que no es el eslogan de una bebida conocida sino esos flashes, esos relámpagos de felicidad capaces de ilusionarnos no con una alegría impostada, sino con la que surge del alma, de lo auténtico, de lo sentido, de dentro, de allí donde no cabe el fingimiento. No es la alegría forzada, sino la de quien, al modo del poeta José Hierro, “[llegó] por el dolor a la alegría”, la de quien, porque ha conocido el dolor, saborea más la dicha y celebra el milagro diario de la vida: ver amanecer un nuevo día, apreciar la belleza de las cosas, disfrutar de una buena comida y de la buena compañía. Teniendo eso, aun sin tocarnos, ya nos ha tocado la lotería. Y hasta se perdona que los Reyes Magos pasen de largo, aunque siempre se agradece que dejen algo en los zapatos, siquiera ganas de levantarse y vivir, aun cuando la vida a veces se muestre esquiva y parezca, como escribió Ángeles Mora, que “…no devuelve/nunca el furor,/el entusiasmo que pusimos/al apostar por ella”.
Ojalá que la Navidad haga aflorar lo mejor de cada cual y se mantenga a flote el resto del año. Que no nos quedemos en intercambiar deseos de felicidad huecos, estereotipados, que los amigos invisibles sean reales y sepamos apreciar a los que tenemos y valorar lo que no se puede pagar con bízum, ni en efectivo, con tarjeta o con el móvil: la salud, el cariño que recibimos y la tranquilidad de conciencia, imprescindible para sentirse feliz y hasta agradecido a la vida; la misma vida, sí, que nos hace acumular pérdidas y sentirlas como una incisión profunda en el alma; la misma que algunas veces es hosca y áspera y sin miramientos nos vapulea. Y, sin embargo, como si de un vestigio de la infancia se tratara, a veces, especialmente en Navidad, aún es posible, pese al sufrimiento que la vida ineludiblemente nos inflige, mantener la ilusión y mirar el mundo con ojos inocentes. Subidos a ese tiovivo que es la vida, a sabiendas de que en cada vuelta puede que veamos y vivamos cosas que no nos gustan, sentimos que, mientras giremos, es que estamos vivos y que, en la medida en que lo estemos y podamos, está a nuestro alcance disfrutar de lo bueno que tenemos al lado sin demora, sin dejar para luego lo que nos gusta porque dos veces no pasa el mismo tren y cogerlo a tiempo nos garantiza que no lamentaremos haberlo dejado pasar. Un año que empieza es, tal vez, una buena oportunidad de disponerse a subirse al tren que queramos y de saber a cuál no queremos subirnos, conscientes de que, en cualquier caso, lo más importante es disfrutar del trayecto o de la espera en el andén de los sueños porque puede que, incluso sin esperarlo ya, alguno de ellos se cumpla en cualquier momento del año nuevo.







