Mayo, paraíso de aquí abajo

A Araceli Arcos
y a Antonia Ramírez, que en paz descansan ya.
Y siempre en el dulce recuerdo
de quienes las conocieron y quisieron.

“Que el día más insospechado
y de cualquier manera,
en el lugar más imprevisto
se puede aparecer la primavera”.

Joan Manuel Serrat

Sucede a menudo que andamos pensando en paraísos soñados. Cuando llega mayo, tenemos en Rute uno cercano, tan a la mano que podemos sentirlo y tocarlo. Basta subir al Llano el segundo sábado y domingo de mayo y dejarnos llevar por lo que allí pase. Es suficiente con ver la ofrenda de flores a la Morenita por las calles, al son de las guitarras y cantos de los romeros. Y basta ver caer los pétalos desde el campanario de San Francisco en la mañana rotunda de mayo. Es entonces, con las preocupaciones aparcadas, cuando Rute se antoja el lugar del mundo en el que siempre quisiéramos quedarnos. Porque hay momentos que justifican un año de espera y acudimos ansiosos de recompensa por haber tenido que aguardar tanto a que llegase mayo. Bien es verdad que no es el único paraíso que ofrece Rute y en agosto nos aguarda otro no menos ansiado, cuando salga a la calle, esplendorosa, la Virgen del Carmen.
Las fiestas tienen mucho de afirmación del carácter de un pueblo. Son la expresión de la voluntad perseverante de mantener una tradición que viene de muy antiguo. Son una tregua frente a lo mudable, en tiempos donde todo – los electrodomésticos y las relaciones – parecen tener programada su caducidad. Porque las fiestas permanecen, puntuales en el calendario, y su existencia nos consuela de afectos volubles y deslealtades. Brindan el refugio de lo conocido y a ellas se va como quien acude a lo de toda la vida sabiendo que va a encontrarlo en su sitio. Hay una belleza oculta en las fiestas, presente siempre en ellas de manera a veces imperceptible, una hondura que trasciende su apariencia. Y es que las fiestas son toda una declaración de intenciones, una postura ante la vida y una expresión de valentía. Cuando los días, salpicados de decepciones y dolores inevitables, pudieran abocar a bajar las persianas, las fiestas invitan a subirlas para que entre implacable la luz de mayo y llene todas las estancias y se adentre en el alma. Este mayo de días largos es la incontestable afirmación de la fuerza de la vida, su inquebrantable afán de abrirse paso entre sombras y negruras. Si un día, ya en otra vida, nos dieran ocasión de revivir algunos momentos de ésta, muchos ruteños querrían volver a mayo – y a agosto -, que volviera a ser el segundo domingo de mayo y la Morenita saliera a la calle y se paseara por lo alto por la mañana y bajara a recorrer el resto del pueblo por la noche y de madrugada.
Las fiestas pasan volando, pero nos llenan de energía para esperar a que regresen al cabo de un año. Vuelve enseguida la realidad de todos los días, no exenta tampoco de milagros cotidianos. Mas nuestra vida, en buena medida, está marcada por fiestas y tenemos cientos de recuerdos ligados a ellas: aquella feria que hizo un frío impropio de la primavera, los años que llovió o hizo frío… Estamos hechos de las fiestas y ferias que hemos vivido. De hierro habría que ser para no emocionarse cuando suenan los acordes del himno a la Morenita o cuando todo un pueblo a una le canta “Morenita, en tu cara yo veo el cielo” o, sin tapujos y al aire, le declara su amor a esa Virgen pequeñita: “¡Ay, Morenita, cuánto te quiero!”. O le pide cantando “Déjame que sea tu centinela”, como lo hace el estupendo coro “La Morenita de Rute”, o la baila al compás de “Morenita y pequeñita”, cantado por el saleroso coro de su cofradía.
Cualquiera que no conozca las fiestas de mayo en Rute, ya está tardando en venir. Para sorprenderse y extasiarse y llenarse de optimismo. Pero, eso sí, ya no podrá dejar de querer volver. Rute, su mes de mayo, se le meterá en el corazón de golpe y no se le saldrá nunca. Sentirá, cada vez que llegue mayo, la querencia de regresar, el deseo que solo se calma cuando ve la procesión en la calle y una Virgen pequeñita a la que los costaleros mecen y bailan. No importa haberlo visto ya. Las fiestas son siempre iguales y siempre nuevas. Vivirlas y saber disfrutarlas es un privilegio, una suerte, un regalo de los que hace la vida de vez en cuando.
Somos mayo. Su sol, su luz, su feria en el Fresno… Y no hay quien nos quite de la cabeza que las fiestas de la Morenita son un paraíso cercano, a la mano. Basta estar en Rute, abrir los ojos, dejar que las emociones, sin brida, sigan su curso sin reparos… Saberse vivo, parte de una costumbre y una manera de ser y ver el mundo, con los ojos llenos de un mayo que no se va de la memoria en todo el año. Ni por muchos que vivamos. ¡Felices fiestas de mayo tengamos!

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