Lo urgente es vivir

A Rosario Rodríguez González, buena persona,
vital, apañada y desenvuelta,
que se fue este verano sin esperarlo…
Y a Carmen Molina Torres,
que enseñó a cortar y coser,
dando en la vida silenciosas puntadas de bondad.
Bueno es el recuerdo que nos dejan.
Descansen por siempre en paz.
“Vivir es detenerse con el pie levantado,
es perder un peldaño, es ganar un segundo.”
Rafael Guillén

Pocas certezas como la de saber que nos iremos. Un día, sin saber cuándo, se quedará todo aquí. Acaso alguien dejará rodar una lágrima por su mejilla, otros nos dedicarán una oración o un recuerdo, pero, como dice el refrán, con tanta aspereza como realismo, al final, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Quienes se queden aquí se creerán inmortales, como nosotros, quizás, nos creímos un día. Se repartirán las cosas que fueron nuestras, los libros que fuimos adquiriendo poco a poco; darán nuestra ropa a algún necesitado y verán si queda algo en el banco.

Es esa dichosa – inderogable – ley de vida. Ya le llegó su hora a muchos que quisimos de verdad. Ya se fueron. Y nos faltan. Cada año tenemos más nombres conocidos al otro lado de esta orilla. Recorrer el cementerio es repasar lo vivido, evocando rostros desdibujados por el tiempo, que la memoria guarda. Deseamos con frecuencia, si las cosas no van mal, que tarde en llegar “el día de las alabanzas”. Flores que no se recibieron en vida – ni físicamente ni en sentido figurado – suelen llegar cuando ya no se está para olerlas o sentirse reconfortado recibiéndolas. No se trata de ver quién lleva más ramos al cementerio, sino de procurar que todo lo que tengamos que hacer o decir en este mundo llegue a tiempo, antes de que la muerte eche el telón y la función se acabe, inesperadamente.

No queremos ni pensarlo. Sabemos que nos llegará la hora, pero, de momento, no ha llegado. Por eso, nos agarramos a la vida, a veces como a un clavo ardiendo, ignorantes de lo que vendrá después y pese a saber que esta de aquí y ahora tampoco es siempre un camino de rosas. Pero es la realidad que conocemos y la que queremos, y no sabemos cómo vamos a apañarnos un día sin nuestro Rute y sin las cosas y personas que nos son a diario imprescindibles. ¿Qué hacer sin ver el sol ponerse ni cómo despunta el día? ¿Cómo pasaremos sin el café de media mañana o el de media tarde? ¿Qué habrá más allá? ¿Qué veremos cuando no veamos lo que ahora vemos? Se enmudece ante el misterio de lo que vendrá después, si viene… Quiere el alma imaginar algo mejor, un mundo sin sufrimiento, un jardín eterno de rosas sin espinas… Pero nos conformamos con seguir aquí una buena temporada más, mientras la salud acompañe. Queremos vivir, no durar. Queremos quedarnos en nuestra casa, ilusionarnos aún con detalles que endulzan la existencia. Más no pedimos. Solo una prórroga, una tregua antes de que esto se acabe del todo.

Sabemos perdida la guerra contra el calendario, por mucho que creamos ir ganando batallas. El tiempo manda y acabará venciendo. A más velocidad de la querida, se va llevando juventud, gente, salud, fuerzas… El final es conocido. Nuestros afanes acabarán sepultados bajo una losa, cubiertos por una lápida, esparcidos por algún lugar. Y, ante la conciencia de que nos vamos, podemos resignarnos o vivir cada segundo plenamente. Lo primero puede deprimir. Lo segundo estresar. Más vale, mientras llega la hora, no dejarse morir por dentro ni permitir que la certeza de nuestra finitud o los desengaños que la vida nos depare minen nuestro entusiasmo. Hay que seguir poniéndolo en todo lo que hacemos, sin postergar nada que nos motive, porque no suele haber una segunda ronda. Que no tengamos que reprocharnos no haberlo intentado. “Por mí no ha quedado” es un buen epitafio. Que, mientras la sangre nos recorra las venas y el corazón siga latiendo, no desaprovechemos momentos que no vuelven ni ocasiones de sentido único y sin retorno. Es verdad que, a menudo, el tiempo suele poner las cosas en su sitio y que lo que está para nosotros en alguna esquina nos está esperando. Pero no le dejemos al azar toda la tarea. Echémosle una mano. Abandonemos el miedo y arriesguemos más. Pierde quien no lo intenta, quien no se empeña, quien, por temor a perder la ropa, no nada siquiera. ¡Vivamos! Y luego, que nos quiten lo vivido, si es que nos lo pueden quitar. Que ya decía José Hierro que “aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría/no podrá morir nunca.” Hasta el final, todo es vida. Lo urgente es vivir, sin demora, dando rienda suelta a lo que nos hace sentir, día por día, hasta que se agote el plazo. Que peor que irse es marcharse de esta vida sin haberla aprovechado. Y eso, por lo que más queremos, no vamos a tolerarlo.

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