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Tras la designación del obispo, emprende una nueva etapa como vicario en la parroquia de la Sagrada Familia de Córdoba tras tres años de ministerio en el pueblo

Bernard Huamán hace balance de su labor sacerdotal en Rute
El final de agosto de este año supone también el cierre de la etapa sacerdotal de Bernard Huamán en Rute, tras la reordenación de la diócesis de Córdoba. Llegó aquí tres años atrás, de forma simultánea a David Matamalas. Ambos habían sido designados y destinados al municipio como párrocos “in solidum”. La expresión latina (literalmente, en solidaridad) implica que los dos compartirían de forma conjunta la responsabilidad de las dos principales parroquias, Santa Catalina Mártir y San Francisco de Asís. Sin embargo, para Huamán no era su primer contacto con Rute.
Natural de Cuzco, al sur de Perú, se formó en Córdoba desde 2012 y fue ordenado sacerdote en 2021. Durante su etapa de seminarista, pasó seis meses viniendo al pueblo los fines de semana para acompañar a José Gregorio Martínez, entonces al frente de Santa Catalina. Con todo, puntualiza que fue a raíz de asentarse en el pueblo y asumir sus labores sacerdotales cuando pudo conocer más a fondo su realidad.
- Cree que cada persona es solo una parte de una historia más amplia y por eso ve su marcha de Rute como un relevo y no como una ruptura
En este tiempo, ha sacado en conclusión que la característica que mejor define a la gente de Rute es “la intensidad”. Cree que tenemos una fuerza que aparece en distintos ámbitos: en la forma de ayudar, celebrar y participar en la vida colectiva. Fruto de ese carácter, destaca el amplio tejido asociativo local, en especial la labor de los colectivos sociales. También le ha sorprendido el considerable número de cofradías. De igual modo, alaba la entrega desinteresada de muchas personas. aunque considera que aún queda trabajo para vincular las manifestaciones externas con una vivencia interior más profunda.
Por encima de todo, Huamán se queda con “los amigos” como el mejor y principal recuerdo. En estos años ha compartido con ellos alegrías y momentos difíciles. Además, algunas de esas personas le han ofrecido consejo, otra perspectiva e incluso correcciones que agradece. Esa cercanía resultó especialmente importante tras la muerte de su madre. Rute quedará en él unido a esos momentos difíciles y a la compañía que tuvo entonces de numerosos vecinos.
En este sentido, advierte sobre el peligro de afrontar las dificultades en soledad. La convivencia con David Matamalas y el apoyo de amigos, formadores y compañeros le han permitido comprobar que todo el mundo necesita a alguien capaz de ayudarle cuando flaquea. De ahí su reflexión, “¡Ay del solo!”, con la que reivindica el valor de sentirse acompañado y encontrar apoyo cuando la salida más fácil parece ser abandonar.
Junto a las personas, conservará el recuerdo del entorno. Confiesa que va a echar de menos la Subbética. De Rute le “encanta” todo el paisaje del término municipal. Echará de menos el Canuto, la Sierra de las Cruces, el vértice geodésico, sus paseos por la carretera de Las Piedras, el Pantano o el agua de La Hoz. No esconde que en sitios como éste ha meditado e incluso “llorado”, porque ahí encontró un espacio para reflexionar y ordenar mentalmente lo vivido.
También asume errores y agradece la paciencia de quienes lo han acompañado. Se lo dicen sus amigos y él mismo es consciente de que es muy autoexigente. Tiende a fijarse más en lo que aún tiene pendiente. Aun así, el tiempo le ha enseñado que cada persona es “sólo una parte” de una historia más amplia. Por eso, entiende su marcha como un relevo y no como una ruptura. David Matamalas dará continuidad al trabajo que han hecho juntos. Para ello, contará con el nuevo vicario parroquial, Blas Sánchez Villarejo, que tomó posesión el pasado 16 de agosto y a quien Huamán conoce desde tiempos del seminario.
Por su parte, este peruano asentado e integrado en la provincia de Córdoba afronta un nuevo destino en la parroquia de la Sagrada Familia, en la capital. Allí ejercerá como vicario y colaborará con el veterano Rafael María de Santiago. Su marcha deja una convivencia cotidiana de vínculos personales. Se va “contento” y con una certeza sencilla: de Rute se lleva fotografías, recuerdos y afectos. Aquí deja, a su vez, parte de los tres años en los que intentó aportar lo mejor de sí mismo.






