EL AMOR EN CALMA

“La verdadera amistad resiste el tiempo, la distancia y el silencio”
“El amor es ciego; la amistad cierra sus ojos.” (Nietzsche). “Un verdadero amigo es el que entra cuando el resto se va.” (W. Winchell). “Caminar con un amigo en la oscuridad es mejor que caminar solo en la luz.” (Helen Keller). “Comprender y ser comprendido son las cosas más hermosas de la amistad.” (Séneca).
Un amigo me contestó, hace unos días, que podía hablar precisamente de la amistad en uno de mis artículos del Canuto, al preguntarle un posible tema. Ya que en otro discutí de los “enemigos”, considero conveniente poner unas letras esta vez en positivo.
“Que tiene afecto o inclinación por alguien o algo”, nos lo define el diccionario panhispánico de dudas. Otra, aún más escueta y prosaica, nos dice que un amigo es una persona con quien se mantiene una amistad, considerando la amistad la relación afectiva entre dos personas, construida sobre la base de la reciprocidad y el trato asiduo, e incluyendo diversos valores fundamentales en la misma, como lealtad, amor, solidaridad, incondicionalidad, sinceridad y compromiso. Dicen las gentes y las historias que la amistad es el eco de nuestras risas y el refugio de nuestras lágrimas, un regalo que se da sin esperar nada a cambio, una llama que nunca se extingue, el vino de la vida, el refugio de la tormenta, una caja de bombones que siempre te da una sorpresa.
En mis primeros años de vida, en La Hoz, noté la amistad de una forma confusa y difusa. Al vivir en el campo, no fui a la escuela hasta los seis años y los niños con los que jugaba con más frecuencia tampoco vivían al lado, sino casi a medio kilómetro. Mi madre, y las otras madres, no se reunían mucho, por lo que nuestro contacto distaba de ser diario y frecuente. No obstante, los lazos y el impuso a la sociabilidad ya nacían, y ejercían un efecto en nuestro bienestar porque deseaba esos encuentros. En esos años, mis mejores amigos eran, por la cercanía, mis dos hermanas y mis padres. Cuando comencé la escuela, nos juntábamos temprano en un lugar común los niños de varias casas, agrupados en una parada para el autobús del Higueral que nos recogía y conducía a Rute. En esos tiempos remotos, al principio, incluso íbamos en el autobús hasta Vadofresno y la Aldea del Pantano, recogiendo otros niños. El primer día de escuela recibí una sonora reprimenda de mi padre porque lo noté, lo saboreé y lo disfruté en exceso. Debí llegar muy excitado a casa, y me leyeron bien la cartilla ese día. Obviamente, no hace falta mencionar que un niño que viene del campo y que conoce a tantos y que juega con tantos un mismo día acabe sorprendido, asombrado, extrañado y fascinado, porque antes, mis viajes al pueblo no eran habituales y la mayoría de las veces correspondían a sendas subidas de anginas. Al cumplir más años, tanto en la pubertad como en la adolescencia hice amigos imperecederos. Nos juntábamos y lo pasábamos realmente bien, haciendo travesuras. Recuerdo a Antonio Ramírez, Antonio Jiménez, Juan Pedro, Diego, Rafa y otros. Nuestras junteras, si no acababan con algún descalabrado, lo hacían con alguna otra diablura. El disfrute era grande, con poco más que una imaginación creativa y curiosa. Esos años conocí más compañeros escolares, aunque ninguno llegó a ser un verdadero amigo cercano. Creo que recibí y sufrí acoso escolar durante varios años, o un vacío al menos, aunque no lo percibía especialmente molesto en aquella época, en que todos “se metían” con el empollón o con “el gafitas cuatro ojos”. Cuando pasé al instituto, ya con catorce años, comencé a conocer a compañeros de varios pueblos cercanos, cosa que me encantó. El primer año del mismo aún vivía en la Hoz. Me impactaron los conocimientos musicales de los iznajeños, y su cohesión. Creo que crecí mucho socialmente aquellos años, a pesar de mi torpeza. Cuando llegué a Rute me hice amigo de varios vecinos de la calle, sobre todo de Antonio, Víctor y Andrés. Conocí a Vicente y Jesús en mi adolescencia tardía, y forman parte de mi vida, desde entonces. Y luego se fueron añadiendo los amigos de la facultad, algunos para siempre, como Javi y Miguel, y otros que me ha regalado mi lugar de trabajo, donde los incluyo a todos, además de muchos más cuando me volví a vivir a Rute. He enfatizado sobre todo en las primeras amistades, porque suelen mantenerse siempre y muestran ya las características de nuestra propia afinidad, proximidad y selección.
Se dice que los verdaderos amigos los reconoces porque estás con ellos como si hubieses hablado el día de antes cuando en realidad lo haces diez o veinte años después, cuando te escuchan y te dicen lo que no quieres oír, porque se interesan por ti y les importas, porque no te halagan, porque se alegran de tus alegrías y lloran tus penas en silencio para no preocuparte más, porque disfrutan contigo sin hacer nada especial, porque te buscan y te encuentran, porque están si los necesitas, porque te hacen estar a gusto con su sola presencia, porque te defienden y respetan.
Creo que debemos seguir conservando, abonando y estimulando la verdadera amistad en nuestros tiempos, pero manteniendo el cara a cara, notando el roce de un apretón de manos o un abrazo o un beso, sintiendo la cercanía de la expresión de una mirada, el estruendo de una risa auténtica o la veracidad de unas palabras compartidas.
Llega un momento en que notas que ya no buscas amigos, pero lo sientes cuando aparece uno, porque tu alma ya tiene impresa en su memoria lo que necesitas.
Y termino, que la lectura en verano, con el calor y el bochorno, puede hacerse más tediosa. De las muchas frases y versiones que he leído o escuchado sobre qué es la amistad, me quedo con aquella que lo hace diciendo que es como el amor en calma…

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