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La procesión de la Virgen del Carmen culmina un mes largo de Fiestas Patronales que suponen el regreso a la tierra y el reencuentro con nuestras raíces y tradiciones
Galería de imágenes de la procesión de la Virgen del Carmen 2026
“Rute tiene un aire especial en agosto”. Lo decía Ana Burguillos, presidenta de la Real Archicofradía de Nuestra Señora del Carmen, en la antesala del día grande de las Fiestas Patronales. Tal vez los rigores del verano impidan que el pueblo tenga un color especial, como Sevilla. Pero el ambiente que se vive en el mes carmelitano por excelencia bien merecería una canción propia. En realidad, eso es lo que hacen los Hermanos de la Aurora desde antes, desde primeros de julio. Sus cantos rezan a la Virgen del Carmen y anuncian ese aire que se respira durante casi un mes y medio.
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Podría parecer un aire diferente, propio, específico, en sentido figurado, pero también lo es en sentido literal. Porque Rute tiene un olor especial, el del nardo, la flor más ligada a la Patrona. Ha sido siempre así, y en los últimos años el pueblo, su gente, lo ha certificado con la ofrenda que se hace en la víspera. Son los nardos que adornan en la noche del pregón y la coronación los alrededores del altar de Santa Catalina que preside la Virgen del Carmen; los mismos que en la noche del 15 de agosto la rodearán en su trono para realzarla más en su paseo por las calles de su pueblo.
El aroma a nardos penetra a través del olfato hasta los recovecos del cerebro que activan las dendritas de las emociones. Y desde ahí se expande al resto de los sentidos. Porque, en efecto, Rute tiene un aire especial en agosto. Y, de forma literal o figurada, por todos los sentidos se percibe. Es el aire del regreso a casa, del reencuentro, con nuestros seres queridos, con nuestras raíces, con nuestras tradiciones. Es el arie de volver a vivir como nunca las fiestas de siempre.
La mirada serena de la Virgen del Carmen es el espejo de una mirada colectiva, la de un pueblo que un año más, al llegar agosto, se reconoce en sus señas de identidad. Cuando el día 15, a las nueve en punto de la noche, asoma por el dintel de la puerta principal de Santa Catalina, el tiempo se detiene. Pasado y presente se unen en torno a lo que somos, siglos de tradición y devoción condensados y reflejados en un instante.
Hay una obvia devoción religiosa, por la figura de la Virgen y su trascendencia en la fe cristiana. Pero también hay una devoción por el pueblo, por sentir una de sus tradiciones más arraigadas, por volver a vivirla, cada año (casi) igual, cada año diferente, por recuperarla quienes están fuera. Quien tuvo que marcharse, siempre guarda un hueco en el corazón y otro en el calendario para regresar en estas fechas. Como mínimo, intenta estar aquí el día 15, para pasear con la Banda Municipal en la diana, para asistir a la solemne función religiosa o para correr con los gigantes y cabezudos. Es el ritual festivo-religioso previo al momento culminante, la procesión de la Patrona.
Rute tiene un aire especial en agosto, y de un modo u otro se percibe por todos los sentidos. Se ven sus calles engalanadas, se escuchan los himnos de la Virgen, sus cantos ancestrales, se huelen los nardos que dan personalidad a estos días grandes, se palpa la emoción en cada abrazo y se paladea en la copa compartida, en los dulces que tanto se añoran, en esos sabores también tan característicos. Rute en agosto es todo eso y más, porque a quienes son y se sienten de aquí, y tienen sus raíces aquí, se suman quienes vienen por primera vez, no conscientes aún de que no será su última visita.
Con esa mezcla de religiosidad y vivencia, de devoción y emoción, de reencuentro y descubrimiento, Rute recibió a su Patrona otro 15 de agosto. Fue un día caluroso, como de costumbre en esta época, aunque la brisa amortiguaba en parte el bochorno de las jornadas previas. Merecía la pena, en cualquier caso, como también había apuntado Ana Burguillos, que el calor humano se enfrentara al meteorológico, por reeditar la experiencia, por ver ese encuentro entre la Virgen y su pueblo.
Merecía la pena por apostarse junto al Círculo de Rute para escuchar en vivo la “Salve Marinera” cantada por Juanan Caballero. Merecía la pena por acompañarla subiendo al Barrio Alto con todo el cortejo de reina y damas, hermandades y autoridades, y esperar en las peanas la bajada por el Cerro. Merecía la pena por recrearse en la petalada de Juan Carlos I, por despedir allí a la Banda de Cornetas y Tambores Cautivo de Málaga tras la última muestra de su extraordinario nivel. Merecía la pena por volver a llenar el Paseo Francisco Salto para deleitarse con la Banda Municipal interpretando la “Salve Marinera” y el “Himno” de Medina y Pemán como sólo sus miembros saben hacerlo, antes de que el cielo se iluminara de fantasía con los fuegos artificiales.
Y merecía la pena seguir acompañando en la fase final del recorrido, para no perderse la monumental petalada del segundo tramo de Juan Carlos I, para verla mecida por los costaleros en la plaza que lleva su nombre y para cantar “Reina y Señora” camino de su santuario. Así concluyó otro 15 de agosto, pasadas las dos de la madrugada. Vendrán más, con ausencias lloradas, con novedades que se disfrutarán con ilusiones fortalecidas. Pero siempre Rute tendrá un aire especial en agosto con la Virgen del Carmen. Por eso, siempre merece la pena estar aquí para vivirlo.






