“Desescalando”

Dedicado a María Ortuño Burguillos,  muy buena mujer y vecina de toda la vida.  Ya descansa en paz y en la calma que transmitía.  La memoria la guarda para siempre, agradecida.

Por Justa Gómez Navajas

“esperanza, pan nuestro cotidiano;

  esperanza, nodriza de los tristes;”

                              Amado Nervo

Justa Gómez Navajas

No sabemos muy bien qué es eso de “desescalar”. La pandemia provocada por el coronavirus COVID-19 nos ha traído, entre otras cosas, nuevas palabras, además de una realidad distinta, jamás imaginada. Tenemos en la cabeza un lío de fases y normas y la incertidumbre de no saber si todo esto ha venido para quedarse, si pasará… Desconocemos cómo se presentará el verano. Poco se parecerá, quizás, a otros vividos que nos vienen a la cabeza, en los que no medíamos distancias y entrábamos y salíamos sin problemas y sin mascarillas ni geles hidroalcohólicos. No sabemos si se podrá viajar ni cómo, ni si será posible ir a la piscina o a la playa como siempre se fue. Es difícil hacer planes a largo plazo. Aunque quisiéramos, no podemos descifrar lo que el mañana tenga escrito en el aire ni lo que traiga bajo el brazo.

Ignoramos cómo será, pero habrá que acostumbrarse a eso que llaman “nueva normalidad”, que solo de lejos se parece a la anterior, mientras seguimos “desescalando”, recuperando espacios de libertad y de la antigua rutina, después de haber escalado la alta montaña del confinamiento. Miraremos con nostalgia los tiempos en los que nos acercábamos sin reparos a otros y hasta comíamos del mismo plato. Ahora ya vemos raras las escenas de película en las que la gente se acerca demasiado. Parecen sacadas de una época lejana de la que nos han exiliado sin avisar y a la que quisiéramos volver cuanto antes. Pero, aunque el peligro de los contagios parece irse diluyendo un poco y surge la tentación de relajarse, no deben hacerse concesiones a un virus para el que aún no hay vacuna y que sigue acechando en cualquier aglomeración, agazapado, por si nos descuidamos.

Y, mientras, ahí andamos, queriendo vivir y disfrutar el verano, después de tantas amargas renuncias por haber estado confinados. Tendremos que acostumbrarnos a soportar el calor con mascarilla y seguir prescindiendo de saludarnos con besos y abrazos. Probado está que el ser humano a todo se adapta. No queda más remedio. Sólo cabe ir siguiendo el ritmo que marque la vida y andar a su paso. Las circunstancias mandan. Tendremos que abrazar con palabras y sonreír con los ojos, ahora que la cara va casi tapada. Será más difícil fingir porque la mirada siempre delata. Habrá que buscar otras maneras de acercarse, si es forzoso guardar distancias, y aprender a convivir con el miedo, pero sin sucumbir a él. No se puede vivir asustados, a pesar de que a los temores habituales que asaltan a cualquiera se nos ha unido el temor a que un virus invisible nos voltee la vida y al sufrimiento que pueda ocasionarnos. Nos hemos vuelto más conscientes que nunca de nuestra fragilidad, de lo que tiene de milagro estar aquí y ahora leyendo esto, por ejemplo. Ponemos de nuestra parte lo que podemos, pero sabemos que las riendas de nuestra vida distan de estar en nuestras manos y que el azar nos lleva casi siempre como hojas que el viento mueve a su merced. Ante él, solo somos pobres seres humanos indefensos. Pero ese mismo azar puede conducirnos también por derroteros buenos. Por eso, hay que agarrarse a la esperanza como a un clavo ardiendo, subir de nuevo la persiana del negocio cerrado durante un tiempo, confiar en que las cosas irán mejorando, ayudarnos mutuamente, comprar cosas de nuestra tierra, viajar sobre todo por aquí cerca. Entre todos es posible salir del hoyo en el que nos ha metido esta crisis y remontar el vuelo.

La vida tiene que seguir su curso, sea como sea. Hay algo casi sagrado, redentor y sobrehumano, en ese levantarse cada día y no dejarse vencer por el desánimo. Las cosas pueden venir mal dadas, pero es tiempo de hacer acopio de voluntad y no tirar la toalla. El futuro no sabemos cómo vendrá, ni si el teletrabajo vencerá a lo presencial. Pero no cabe rendirse. Si hay algo que alimente la esperanza es ver a la gente intentando salir adelante contra viento y marea. “Vivir es un acto de coraje”, dejó escrito Séneca. El valor y la ilusión no deben faltarnos nunca, por lo que más queramos. Que hay mucha vida esperándonos ahí fuera, venga como venga, y sería imperdonable que, mientras latimos, no luchásemos por ella a golpes de entusiasmo diario. ¡Venga! ¡Arriba ese ánimo! ¡Vamos!

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