A mi madre, Justa Navajas Sánchez (q.e.p.d.), por tanto.
“Te guardaré dormida, y a resguardo del viento…”
José García Ladrón de Guevara
Dedicamos un día, el primer domingo de mayo, a quienes deberíamos dedicar la vida entera, porque las madres, como los padres, son los pilares sobre los que construimos nuestra vida. Nos alimentan, nos crían, nos educan, por nosotros se desvelan y preocupan. Madre, como padre, no hay más que una (o), de guardia siempre, siempre al quite en los mil avatares de la vida. Las madres son refugio, trinchera, timón y vela. Amor sin peros, sin condiciones, sin fecha de caducidad, sin medida. Cobijo cierto, refugio fijo, fuente inagotable de cariño. Las habrá muy diferentes, pero, por regla general, tendemos a pensar que las madres son como la de quienes tienen la suerte de tener o haber tenido una madre buena. Como aquellas que, sin apenas estudios, aprendieron a coser y a llevar su casa y tenían siempre a punto la ropa limpia y planchada. O como las que se las ven y se las desean para llevar adelante las tareas del hogar y su trabajo, o las que emigraron y emigran para procurar a sus hijos un futuro mejor y con menos carencias que las que ellas padecieron. La vida nos regala una madre para que conozcamos de primera mano lo mejor del ser humano y sepamos qué es la generosidad de verdad, la capacidad de anteponer el bien ajeno al propio, la abnegación sin alardes. Por eso, cuando faltan, es como si hubiera un apagón en el mundo, como si la vida, aun siguiendo su curso, palideciera de repente, como si el tiempo se ralentizase y hasta el aire pesara. Los días se hacen largos y las horas se adensan flotando en el sinsentido porque la vida pierde, en buena medida, su razón de ser, como si, roto el vínculo físico con quien nos trajo al mundo, este se nos viniera encima, como si le costara girar y chirriara al hacerlo. Las madres deberían ser eternas porque sin ellas todo se torna ausencia y quedamos suspendidos en la cuerda floja, sin poder amortiguar los golpes y las caídas en la vida con su consuelo por colchoneta. Es entonces cuando se siente en las entrañas el desvalimiento profundo de saberse a la intemperie, la rotunda certeza de la provisionalidad de la vida.
Triste es vivir un Día de la Madre sin la madre, algo así como una boda sin novios, como una feria vacía, como un patio de colegio sin algarabía de niños jugando, como festejar sin tarta y sin gente un cumpleaños. Dichosos quienes aún pueden celebrar el Día de la Madre y tienen en sus contactos uno que pone “mamá”. Dichosos quienes hayan tenido que buscar un regalo para su madre, aun con temor de no acertar o de tener que descambiar el regalo. Felices quienes pueden felicitarlas y abrazarlas y no tienen que conformarse con recordarlas y tenerlas en su vida ya solo de fondo de pantalla. Porque es así: la vida sigue, pero, detrás de todo, siempre está ella, nuestra madre, su recuerdo permanente, imborrable, ese que siempre acompaña cuando ya no está; su ejemplo, las fotos en las que sonreíamos con ella desafiando al final que siempre acecha, sus frases de madre, que resumían toda una filosofía vital. “Aquí estamos para lo que venga”, solía decir la mía, practicando la resiliencia sin saberlo; en pie siempre, por fuertes que fueran los vientos, su entereza, su discreción, la dignidad mantenida a salvo hasta el final. Magnánima fue la vida al darme una madre como la mía, que nunca deseó más que lo que tuvo, que quiso con locura a Rute, su pueblo, hasta el último suspiro. Todo el que haya sido agraciado con una madre buena sentirá que está en deuda con la vida por haber recibido tanto y será consciente, sobre todo al perderla, de la enorme suerte que era tenerla al lado, del desamparo sin fin en el que sume su ausencia. Pero, con ser inmenso el vacío, siempre es menor que las reservas de amor auténtico que nos deja para seguir viviendo sin que nos falte amor de madre hasta acabar nuestro paso por este mundo, tan mejorable, pero, a la vez, tan grandioso porque existen las madres, una bendición, el regalo más grande que recibirse puede, raíz de nuestra vida, razón de vivir, “fogata de amor y guía”. “Algo se me fue contigo”, dice la hermosa canción compuesta por Manuel Alejandro. Casi todo se va cuando una madre nos deja. Todo menos el amor que nos dio y le seguimos tributando en la confianza de que llegue hasta allí donde se encuentra. Un amor tan grande, que no se lo traga la tierra y es capaz de cruzar el universo y alcanzar ese lugar donde nos gusta imaginar que nos espera.







